domingo 13 de enero de 2008

Nueva Angélica


- No sé si estamos haciendo lo correcto- titubea Angélica.

- ¿Y que podría considerarse correcto a estas alturas, después de todo lo que ha pasado?

Loreto le responde con una calma inédita. Parece como si hubiera logrado borrar con un disciplinado gesto de su voluntad la incertidumbre y la desazón de las últimas semanas, las furtivas llamadas telefónicas entre ambas, las noches en que Angélica armó sus maletas, dobló cuidadosamente la ropa de sus dos hijos, para luego deshacerlas, las incontables ocasiones en que la venció el sueño después de llorar con rabia por el destino que a ella, a Angélica, le había tocado, y del que ya no podía hacerse la desentendida.

Loreto la abraza en el umbral de la cocina, recibe su maleta y la deja en el suelo. Se aferra a su mano nuevamente y la conduce hasta la mesa que sirve de comedor de diario. Le indica una silla. Sirve dos tazas de té. Se sienta frente a Angélica y, con suavidad, seca las lágrimas negras que corren por sus mejillas, intentando restablecer la armonía de su maquillaje. Como si eliminar los surcos oscuros le entregara un barniz adicional de entereza, de la entereza que la situación requiere.

- Lo que definitivamente no es correcto es ese corte de pelo, huevona. Es horrible- declara tajante Loreto.
- Nadie, especialmente tú, huevona, me va a decir cómo tengo que arreglarme- responde Angélica.

Las dos mujeres se miran fijamente, en actitud amenazante. Han pasado con una facilidad inaudita desde el registro más dulce a la ira, como si cargaran sobre sí mismas años de frustración y de rabia. Sostienen con firmeza las miradas menos de un minuto. El desafío no prospera. De inmediato irrumpen las risas destempladas de ambas.

- Es que soy una nueva mujer- declara Angélica.
- Claro, una alta ejecutiva de… ¿cómo se llaman esas idioteces que inventaron ahora para esquilmarnos?
- AFP. Soy una ejecutiva de AFP.
- Hasta con trajecito dos piezas y aritos de señora bien.
- ¿Acaso no te gusto así?
- Igual estás rica- declara Loreto, entre risas. Pero desde que entró en la casa, había notado que aquélla no era la Angélica que conocía desde el colegio. ¿Acaso ella no era también otra Loreto? Mejor que en cualquier teleserie, la vida las había revolcado, centrifugado, moldeándolas de nuevo a golpes certeros, trastocándoles los miedos, los deseos, las urgencias.

¿Era necesario todo esto?, se preguntaba una y otra vez la Loreto primigenia. El traje, el pelo corto y con terminaciones imperfectas, la dureza de su rostro, todo en la nueva Angélica aparecía disonante ahora en esa vieja cocina de baldosas color terracota y repisas de madera sin pintar, repletas de maceteros y fotos nostálgicas adheridas a la puerta del refrigerador; la vieja cocina que fue primero de sus padres, ahora ausentes, de paredes atestadas de aguafuertes y acuarelas que no conocieron público, porque su autora decidió recluirse, en un punto exacto de su biografía.

- De verdad, eres una mujer hermosa-. Loreto acaricia el dorso de la mano inerte de Angélica, sobre un mantel caleidoscópico de flores. El tono de su voz se ha dulcificado nuevamente. - Incluso el miedo te hace más bella.

Angélica desvía la vista hacia el refrigerador. En el lugar más destacado de la puerta del tosco aparato hay ahora una foto de ambas, jóvenes y sonrientes.

- Vas a tener que sacarla- le indica Angélica.
- Esa foto no la saco de ahí ni aunque me…-. Loreto se contiene para no concluir la frase. - ¿Vamos mejor al dormitorio?- le sonríe, y logra arrastrarla con un guiño.

Fernando es testigo de esta escena desde el pasillo que sirve de columna vertebral a la casa. Prefiere permanecer oculto aún algunos minutos, para darle tiempo a ambas mujeres a que suban la escalera por completo. Detiene la vista en la maleta. Se quita el abrigo y lo pone junto a su maletín, en una silla del corredor, al lado del teléfono. Aún de pie, registra las marcas que dan cuenta de las fotografías que Loreto, su mujer, retiró de la pared, las instantáneas de las historias que ya no merecen o no deben ser narradas. ¿Cuánto demorará en llenar esos huecos?, piensa Fernando. Una llamada telefónica interrumpe su reflexión. Él insiste a su interlocutor que se equivocó de número. Cuelga con brusquedad.

- ¡Pa-pa-pa-pa-pa!- balbucea desde el descanso de la escalera la pequeña Daniela. Fernando corre a abrazarla, sorprendido de que haya llegado hasta ahí. Detrás de Daniela está de pie Simón, el hijo mayor de Angélica. Él ha supervisado su gateo hasta este punto.
- Hola, campeón- saluda Fernando. El niño ríe, se dan la mano. Fernando toma en brazos a su hija, y los tres suben la escalera hasta el dormitorio de las niñas. Al pasar por la puerta cerrada de la habitación principal se imagina a Loreto y Angélica abrazadas. Lo invade la tristeza. No hay rabia ni resentimiento en su acopio personal de emociones desde que se desencadenó esta situación. Sólo una profunda tristeza.
- ¡Papá, dame un beso!
Quien lo interpela ahora es Javiera, su hija mayor. Fernando cede a los arrumacos y luego se dirige a la otra niña en la habitación.
- ¿Usted no va a saludar al tío, Victoria?
Victoria permanece absorta en los dibujos animados.
- Papá, la Victoria no creía que los monos se ven en colores en nuestro televisor.
-En unos años más, los japoneses van a inventar un televisor con olores-. Las niñas abren los ojos sorprendidas, gritan y aplauden. Fernando pasa revista al desorden, inevitable ahora que serán cuatro niños, y se detiene en una maleta de igual diseño que la de la cocina, pero más grande.
- ¿Yo voy a dormir aquí?- pregunta Simón.
- No, campeón. Sígueme.
Fernando sube a la mansarda, seguido de Simón. Ante sus ojos aparece una habitación pequeña y con el techo oblicuo, atravesada en sus cuatro paredes por una repisa de proporciones con cientos de pequeños automóviles de colección.
- ¿Te gusta? Ahora todo lo que hay aquí es tuyo.
Simón, de siete años, no sale de su asombro. Observa detenidamente cada detalle de la habitación.
-¿Y esa maleta, tío?
- Son mis últimos cachureos. Ven campeón, tengo que decirte algo importante: Ahora tú vas a hacer el hermano mayor, el hombrecito de la casa, porque desde hoy, los cuatro van a ser hermanitos. Pero si alguna vez tienes susto, puedes bajar y dormir apatotado.
- Yo no soy miedoso.
El niño se cruza de brazos, molesto.
- ¿Quieres que te cuente un secreto? A veces, a mí, que soy grande, el miedo me paraliza.

El teléfono suena nuevamente. Fernando se apura en bajar ambas escaleras. Solamente los grandes contestan el teléfono, les recuerda a las niñas al pasar. Al otro lado de la línea se escucha una fuerte respiración. Fernando mantiene la calma. El jadeo da paso a las risas. Antes de que comiencen los insultos, cuelga y sube al segundo piso.


En el dormitorio de las niñas también hay risas. ¡Fue un accidente!, explican Javiera y Victoria al unísono. Daniela tiene un chicle enredado en el cabello. Fernando recuerda que las tijeras se guardan en el velador de Loreto. Daniela intenta quitarse el chicle y lo esparce aún más. No tiene salida.

Fernando golpea suavemente la puerta y espera una señal que lo autorice a invadir esa intimidad, en la que no tiene ni tendrá cabida. Loreto le indica con un dedo sobre la boca que evite hacer ruido. Entra, toma las tijeras que están sobre el velador, junto a algunos mechones que, en ausencia, han mejorado el corte de Angélica. Antes de retirarse, observa cómo Loreto le brinda un masaje en el cráneo. Está sentada en la cabecera contraria de la cama, con la cabeza de Angélica sobre sus muslos. (El aire tibio de la habitación rezuma secreteos, frases susurradas alternadamente en los lóbulos de una y de otra, tal vez alguna sonrisa. Más de una caricia. Como siempre, Fernando permanecerá ajeno a lo acontecido. Sólo estas paredes no tienen oídos). Angélica se deja envolver por el movimiento y la presión de los dedos. La vence el sueño. Antes de rendirse, se incorpora y confidencia al oído a Loreto: Angélica es historia. Ahora seré Martina.


Cuando Loreto cruza el dormitorio de las niñas hacia el balcón donde Fernando fuma, Simón duerme junto a su hermana en la cama dispuesta para recibirla, entre la de Javiera y la cuna de Daniela. Fernando y Simón han esperado pacientemente en el pasillo para que se cambien las pequeñas. Luego, Fernando ha ayudado a Simón a encontrar su pijama en la maleta.
La mujer se ubica a un costado de él. Lo mira de reojo. Enciende un cigarrillo. Ambos se sienten invisibles, amparados en la sombra del frondoso árbol del antejardín.


- No voy a ser capaz de despedirme.
- Todo va a estar bien- responde Fernando. Y le toma suavemente la mano durante algunos segundos.

Angélica ya es historia, se repite dormida Angélica. En sueños, ya es Martina, y se esconde en un entretecho. Reconoce el lugar. Angélica está en una camilla. No está sola. Martina desvía la mirada. No desea ver lo que ocurre. ¿Y si rezo? No, creo que Martina no reza. Martina sólo cree en sí misma. Martina, o sea, yo, Martina, no tengo ese tipo de fe. Mi fe se deposita en el futuro. Sólo en el futuro. Martina recuerda que necesita definirse, construirse, más allá de la información obligatoria que deberá incorporar en su cabeza. Hasta en su médula ósea. Por eso saca una libreta del bolsillo de su abrigo. Me llamo Martina, soy experta en el nuevo sistema previsional, soy soltera, no, no tengo hijos, me destaco por mi capacidad de observación. Para comprender el nuevo sistema es una cualidad fundamental, al igual que la imparcialidad en los juicios. Describo con propiedad. Por ejemplo, me encuentro en el interior de un galpón, en su parte superior, hay una mujer vendada y atada en una camilla, la mujer se retuerce al sufrir las sucesivas descargas eléctricas que le propinan varios hombres. Se llama Angélica, según indican algunos de ellos. Al margen de sus gritos destemplados, en ocasiones desgarradores, ella no habla, se niega a hacerlo aunque le son proferidas fuertes amenazas. Uno de los hombres deja entrever que son viejos conocidos, que este rito ha tenido lugar meses o años antes. El más viejo de ellos menciona ratas, perros en celo, vidrios molidos y fierros revientaconchas, lo transcribo textual. Igual estás rica, le dice otro de los hombres, aunque detiene el impulso de amasar sus genitales, que sangran profusamente. Si hago un zoom sobre su rostro, observo que, entre los espasmos, Angélica hace gestos cariñosos, lanza besos inocentes. Ya en el terreno de la especulación -la especulación moderada puede ser un must en el nuevo sistema-, sostengo que, mediante esos gestos, la mujer invoca a sus hijos, el recuerdo de sus hijos, y que esa imagen neutraliza parcialmente el efecto de las descargas. ¿Y yo? ¿Tendré hijos? Uno, al menos, un hombrecito. Es más sencillo cuidarlos. En el Sur es más sencillo vivir. Aunque nunca se sabe. Tal vez reciba una beca para perfeccionarme en el extranjero, el sistema previsional viene para quedarse. Angélica hiede a sangre, a vómitos, a carne chamuscada, y, ¿debo decirlo?, a mierda. Especulo que ella concentra su imaginación en otro espacio, por ejemplo, un campo de flores en primavera, en el que camina descalza con una parejita de niños. ¿Y si tuviera un hijo? Simón, sí, Simón es un bonito nombre. ¿O tal vez Daniel, como Daniel el travieso? Los colores son intensos. En un esfuerzo de concentración, ella logra aprehender la tridimensionalidad. En su imaginación, Angélica continúa caminando, acariciada por los rayos solares matutinos, sin rumbo definido, sólo hacia adelante, sin rumbo definido, sólo hacia adelante…

Un furgón, de esos que proliferaron con el dólar a treinta y nueve pesos, se estaciona en la cuadra contraria.

- Ya, despiértala. No podemos perder tiempo.

Loreto se dirige al interior de la casa. Algunos minutos más tarde, se escucha el ruido de la reja. Desde el balcón, Fernando presiente que su mujer golpea las paredes de la sala con los puños, intentando mitigar un dolor intenso con uno aún más fuerte. Su hermana Martina cruza, sin equipaje, a la vereda del frente.